México, territorio de feminicidios

La violencia feminicida no es un “asunto de mujeres”: nos afecta a todos y –como dejan ver los recientes crímenes en la colonia Narvarte de la ciudad de México– está en todas partes.

| Seguridad

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La brutal violencia que arrasó la vida de cinco personas en una zona residencial de la capital del país deja sin palabras. La saña, los signos de tortura y de abuso sexual, el tiro de gracia en cada una de las víctimas evocan masacres y feminicidios que, una y otra vez, desquician la razón, signos de caos en un país devastado por el crimen y la impunidad. El horror enmudece.

En sí mismo, este acto de barbarie nos obliga a preguntarnos, de nuevo, en qué país vivimos, dónde está la justicia, dónde buscarla, con qué palabras podemos dar sentido a esa realidad. El infame manejo del caso, con filtraciones sesgadas y una evidente falta de respeto por las mujeres asesinadas, obliga a preguntarnos también qué sociabilidad es posible cuando la verdad se extravía en versiones oficiales y mediáticas inverosímiles. ¿Cómo entender lo que pasa, lo que nos pasa, cuando ante cada manifestación de violencia extrema se echa a andar una maquinaria que tritura los hechos, transforma el crimen político en robo, y el feminicidio en crimen pasional, suicidio o daño colateral, y que, en vez de servir al derecho (por patriarcal que sea), sirve a la impunidad? ¿A qué asirnos para sobrevivir el espanto e imaginar un futuro que no sea una “red de agujeros”?

En tanto crimen político, el asesinato de Rubén Espinosa y Nadia Vera rompe, como ya se ha dicho, con la visión de la ciudad de México como refugio. En uno de los países más peligrosos para los periodistas, que alarma a organismos internacionales que defienden los derechos humanos y la libertad de expresión, ¿qué periodista, activista o defensora de derechos humanos puede sentirse a salvo? La crueldad ejercida contra ellos y contra Yesenia Quiroz, Meli Virginia Martín y Alejandra Negrete, un día cualquiera, en un departamento, rompe también con la percepción de la violencia extrema como fenómeno periférico, que “no nos toca”.

En tanto feminicidio, aunque el móvil del crimen resulte (solo o parcialmente) político, la violencia misógina inscrita en el cuerpo de las mujeres (una o todas) borra también, de golpe, el espejismo del Distrito Federal como isla apacible. La muerte violenta de cuatro mujeres en un solo día, en una sola calle, representa más de la mitad de la tasa de mujeres asesinadas cada día en el país: 6.4 en 2010, según ONU Mujeres; 7, en 2014. Y esas cifras, escandalosas, solo dicen parte de la realidad.

Desde cualquier ángulo, esta violencia extrema no es “de otros” “para otras”: está aquí. Si no la hemos asumido como parte de nuestra realidad, es tal vez porque la visión fragmentada de la violencia que prima en el discurso oficial y mediático ha permeado a la sociedad; o porque la estigmatización de las víctimas del feminicidio, o de la “guerra contra el narco”, ha funcionado; o porque, como sucede ante el terror, la necesidad de sentirse a salvo impide la identificación, quiebra la solidaridad. Tomemos en cuenta también la normalización de la violencia en México, que nos ha llevado a tolerar altísimos grados de crueldad y deshumanización en otros estados o en la calle (“afuera”) y menores, pero intensas, formas violencia en el D.F. o en la casa (“adentro”).

No podemos no saber. ¿O acaso la trata de personas, la prostitución forzada en la Merced y Sullivan, el acoso sexual en el trabajo y en la calle, la tasa de violencia de pareja de más de 50% en el DF, no se han documentado y denunciado en los medios? Sin olvidar, por otra parte, la misoginia en radio y televisión, la publicidad que cosifica y la deshumanización de las víctimas que nos abofetea a diario desde los quioscos, en las calles y en los andenes del metro. No toda esta violencia es letal pero es toda agresión y agravio, discriminación y desprecio. Daña, acalla, mutila.

Quien se interese por lo que pasa en esta ciudad sabe que el oprobioso feminicidio de la Narvarte no es el primero. Es, sí, el más difundido; no por el afán de justicia –inexistente– de las autoridades, sino por el cariz político del crimen y por la exigencia de verdad de grupos sociales. En 2010 Alí Cuevas fue apuñalada 26 veces por su novio. En mayo de 2013, en varios puntos de la ciudad, incluyendo el Bosque de Chapultepec, se encontraron restos de una mujer descuartizada y calcinada. En junio apareció el cuerpo de otra mujer, violada, en el Desierto de los Leones. En 2014 Sandra Camacho fue descuartizada en Tlatelolco. Esta vez al horror del crimen se sumó la aberrante justificación de la atrocidad mediante el conocido recurso de estigmatizar a la víctima. Podríamos recordar a otras muchas mujeres, identificadas o cuyo nombre ignoramos. La basurización de las mujeres, producto de la misoginia y la normalización de la violencia extrema contra ellas, queda impune en zonas de guerra, en territorios sin ley. ¿En dónde vivimos entonces?

La inscripción del odio en el cuerpo femenino, el asesinato de mujeres y niñas por el solo hecho de serlo y la impunidad de estos crímenes en Ciudad Juárez, en el Estado de México, en el país entero: todo esto incluye la palabra “feminicidio”. Se trata pues de una forma de violencia específica, ligada al contexto de depreciación y degradación de la vida humana. El feminicidio importa en sí: cada asesinato nos mutila. En términos sociales y políticos, importa también porque más veinte años de feminicidio impune han contribuido a normalizar la violencia extrema, dinamizada por la “guerra contra el narco” y la violencia estatal, que desde 2007 destruyen vida y sociabilidad.

La violencia feminicida no es “asunto de mujeres”: afecta a familias y comunidades. Forma parte, como las masacres y las desapariciones, de una maquinaria destructiva que se retroalimenta en distintos niveles. Una espiral, acelerada por la política de terror (estatal y criminal), que nos sitúa a todos y todas en la vulnerabilidad.

En estos tiempos oscuros exigir verdad y justicia para todas y todos, en la ciudad y en el país, es un primer paso, vital, contra el aislamiento y la desesperanza.

Fuente: http://goo.gl/HGszWm


Imagen: Cruces en Lomas del Poleo, Ciudad Juárez, donde fueron encontrados los cuerpos de ocho mujeres en 1996.  (Fotografía: Iose)

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